Las imágenes de los muertos de hambre y desnutridos, no en el sentido figurado,
sino en el sentido real, crudo y literal de las palabras. Piel y huesos, ¿son
los espectros vivientes de los campos de exterminio nazis? ¿Salen de Auschwitz,
de Treblinka?
El parecido es espantoso, pero no, estos seres humanos aguardan en los campos
de exterminio de la pobreza extrema y de la miseria de los países empobrecidos.
Como los judíos, los gitanos y los comunistas de la Segunda Guerra
Mundial también ellos son víctimas de un genocidio, de un genocidio silencioso,
indiferente, no programado, pero no por ello menos cruel.
Recupero un texto sobrecogedor citado por E. Ander-Egg en su libro El holocausto del hambre:
"Al principio, el hambre se hace sentir constantemente, ya sea cuando se
trabaja, se descansa o se duerme. Incluso en los sueños se hace presente... El
vientre parece que grita, luego se hincha. El cabello se vuelve gris. La piel
se agrieta. El sujeto siente como si le estuvieran devorando los órganos...
Pero llega un momento en que se pierde el hambre; el dolor ya no es agudo, se
hace sordo. Un día el hambriento ya no se levanta. Todo su pensamiento se
eclipsa en un chisporroteo de centellas dolorosas. Pausas definidas y separadas
en el ritmo respiratorio. La cabeza se inclina hacia atrás, la mandíbula queda
colgante. Los ojos se apagan; la pesadilla se convierte en frío estupor. Y ese hambriento
muere, sin ruido, acurrucado; ni siquiera puede protestar o rebelarse...".
¿Cuánto tiempo más permitiremos que nuestros semejantes padezcan estos
sufrimientos? ¿Cuándo acudiremos a su rescate, a su liberación de los campos de
exterminio de la pobreza extrema y el hambre? ¿Y cuándo abordaremos de verdad
las causas de su penosa situación?
Según parece, para responder a esa última pregunta hace falta mucho más valor
moral y coraje de los que cabría suponer. Baste recordar las palabras del
obispo brasileño H. Cámara : "Cuando di de comer a los pobres me llamaron
santo, cuando pregunté por qué había pobres me llamaron comunista".
Un botón de muestra. En una reciente declaración con motivo del Día Mundial de la Alimentación, varias
organizaciones solidarias -Prosalus, Cáritas Española, Ingeniería sin Fronteras
y Ayuda en Acción-, citaban los factores causales que, a juicio de la misma
FAO, incidían en la crisis alimentaria: "...la baja productividad
agrícola, la alta tasa de crecimiento demográfico, los problemas de
disponibilidad de aguas y tierra, la mayor frecuencia de inundaciones y
sequías, las limitadas inversiones en investigación y desarrollo".
¿Eso es todo, cabe preguntarse? ¿Ni una razón más?
Disconformes con la tibieza del discurso oficial políticamente correcto, las
organizaciones solidarias añadían en la Declaración citada: "Pero más allá de los
factores que afectan a la agricultura, está ampliamente consensuado que hay
muchos otros factores que influyen, y no de una menor manera, en la crisis
alimentaria y que no se mencionan como principales en dicho documento (de la FAO): La desigual distribución
de recursos, la insuficiencia de sistemas de protección social, la débil
protección de los trabajadores y trabajadoras agrícolas, el predominio de
sistemas agrícolas que privilegian las grandes explotaciones intensivas y
extensivas, el injusto sistema de comercio internacional, la especulación con
productos agrícolas, la desigualdad en el consumo energético, la extensión de
monocultivos (fibra, biodiesel, agrocombustibles), la existencia de subsidios y
ayudas que favorecen mucho más a los grandes productores que a los pequeños, la
corrupción, etc."
Afrontemos de una vez la verdadera dimensión del problema. Dirijamos los
esfuerzos a corregir los factores que realmente provocan el flagelo del hambre
en un mundo de relativa abundancia. No es un problema de caridad o solidaridad,
sino de justicia para la supervivencia.
Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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