Aquí estamos, pues, en la tercera orilla del río, argentinos yuruguayos, uruguayos y argentinos, rindiendo homenaje a nuestra vidacompartida, y por lo tanto estamos celebrando el sentido comunitario dela vida, que es la expresión más entrañable del sentido común.
Al fin y al cabo, y perdón por irme tan lejos, cuando la historiatodavía no se llamaba así, allá en el remoto tiempo de las cavernas,¿cómo se las arreglaron para sobrevivir aquellos indefensos, inútiles,desamparados abuelos de la humanidad? Quizá sobrevivieron, contra todaevidencia, porque fueron capaces de compartir la comida y supierondefenderse juntos. Y pasaron los años, miles y miles de años, y a lavista está que el mundo raras veces recuerda esa lección de sentidocomún, la más elemental de todas y la que más falta nos hace.
Yo tuve la suerte de vivir en Buenos Aires, en los años setenta.Llegué corrido por la dictadura militar uruguaya, y me fui corrido porla dictadura militar argentina.
No me fui: me fueron. Pero en esos años comprobé, una vez más, queaquella prehistórica lección de sentido común no había sido olvidadadel todo. La energía solidaria crecía y crece al vaivén de las olas quenos llevan y nos traen, argentinos que vienen y van, uruguayos quevamos y venimos. Y en el tiempo de las dictaduras, supimos compartir lacomida y supimos defendernos juntos, y nadie se sentía héroe ni mártirpor dar abrigo a los perseguidos que cruzaban el río, yendo para allá odesde allá viniendo. La solidaridad era, y sigue siendo, un asunto desentido común y por lo tanto era, y sigue siendo, la cosa más naturaldel mundo. Quizá por eso su energía, la siempreviva, fue más viva quenunca en los años del terror, alimentada por las prohibiciones quequerían matarla. Como el buen toro de lidia, la solidaridad se crece enel castigo.
Y quiero dar un testimonio personal de mi exilio en la Argentina. Quiero rendir homenaje a una aventura llamada Crisis,una revista cultural que algunos escritores y artistas fundamos con elgeneroso apoyo de Federico Vogelius, donde yo pude aportar algo de lomucho que me había enseñado Carlos Quijano en mis tiempos del semanarioMarcha.
La revista Crisistenía un nombre más bien deprimente, pero era una jubilosa celebraciónde la cultura vivida como comunión colectiva, una fiesta del vínculohumano encarnado en la palabra compartida. Queríamos compartir lapalabra, como si fuera pan.
Los sobrevivientes de aquella experiencia creadora, que murióahogada por la dictadura militar, seguimos creyendo lo que entoncescreíamos. Creíamos, creemos, que para no ser mudo hay que empezar porno ser sordo, y que el punto de partida de una cultura solidaria estáen las bocas de quienes hacen cultura sin saber que la hacen, anónimosconquistadores de los soles que las noches esconden, y ellos, y ellas,son también quienes hacen historia sin saber que la hacen. Porque lacultura, cuando es verdadera, crece desde el pie, como alguna vez cantóAlfredo Zitarrosa, y desde el pie crece la historia. Lo único que sehace desde arriba son los pozos.
La dictadura militar acabó con la revista y exterminó muchas otrasexpresiones de fecundidad social. Los fabricantes de pozos castigaronel imperdonable pecado del vínculo, la solidaridad cometida en susmúltiples formas posibles, y la máquina del desvínculo continuótrabajando al servicio de una tradición colonial, impuesta por losimperios que nos han dividido para reinar y que nos obligan a aceptarla soledad como destino.
A primera vista, el mundo parece una multitud de soledadesamuchadas, todos contra todos, sálvese quien pueda, pero el sentidocomún, el sentido comunitario, es un bichito duro de matar. Laesperanza todavía tiene quien la espera, alentada por las voces queresuenan desde nuestro origen común y nuestros asombrosos espacios deencuentro.
Yo no conozco dicha más alta que la alegría de reconocerme en losdemás. Quizás ésa es, para mí, la única inmortalidad digna de fe.Reconocerme en los demás, reconocerme en mi patria y en mi tiempo, ytambién reconocerme en mujeres y hombres que son compatriotas míos,nacidos en otras tierras, y reconocerme en mujeres y hombres que soncontemporáneos míos, vividos en otros tiempos.
Los mapas del alma no tienen fronteras.
Palabras dichas por Eduardo Galeano en Montevideo, anoche, al ser condecorado con la Orden de Mayo de la República Argentina.
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