El mundo se está alarmando con la subida del precio de los alimentos y
con las previsiones de aumento del hambre en el mundo. El hambre es un
problema ético, denunciado por Gandhi: «el hambre es un insulto,
humilla, deshumaniza y destruye el cuerpo y el espíritu; es la forma más
asesina que existe». Pero también es resultado de una política
económica. El alimento se transformó en ocasión de lucro y el proceso
agroalimentario en un negocio rentable. Se cambió la visión básica que
había predominado hasta la llegada de la industrialización moderna, la
visión en la que la Tierra era vista como la Gran Madre. Entre la Tierra
y el ser humano se articulaban relaciones de respeto y de mutua
colaboración. El proceso de producción industrialista considera la
Tierra solamente como baúl de recursos a ser explotados hasta que se
agoten.
Leonardo Boff
Agencia Latinoamericana de Información
La agricultura más que un arte y una técnica de producción y de medios
de vida se ha transformado en una empresa para lucrar. Mediante la
mecanización y la alta tecnología se puede producir mucho con menos
tierras. La «revolución verde», introducida a partir de los años 70 del
siglo XX y difundida por todo el mundo, quimicalizó casi toda la
producción. Los efectos son ahora perceptibles: empobrecimiento de los
suelos, erosión devastadora, deforestación y pérdida de millares de
variedades naturales de semillas que son reserva frente a crisis
futuras.
La cría de animales se ha modificado profundamente debido a los
estimulantes de crecimiento, las prácticas intensivas, vacunas,
antibióticos, inseminación artificial y clonación.
Los agricultores clásicos han sido sustituidos por los empresarios del
campo. Todo este cuadro se ha visto agravado por la urbanización
acelerada del mundo, con el consiguiente vaciamiento de los campos. La
ciudad demanda alimentos que ella no produce y que dependen del campo.
Existe una verdadera guerra comercial alrededor de los alimentos. Los
países ricos subsidian cosechas enteras, o la producción de carnes, para
colocarlas a mejor precio en el mercado mundial, perjudicando a los
países pobres, cuya principal riqueza consiste en la producción y
exportación de productos agrícolas y carnes. Muchas veces, para ser
viables económicamente, se obligan a exportar granos y cereales que van
a alimentar el ganado de los países industrializados, cuando en el
mercado interno podrían servir de alimento para sus poblaciones.
Por el afán de garantizarse lucros, hay una tendencia mundial, en el
marco del modo de producción capitalista, de privatizar todo,
especialmente las semillas. Menos de una decena de empresas
transnacionales controla el mercado de semillas en todo el mundo. Han
introducido las semillas transgénicas, que no se reproducen en las
cosechas, y que necesitan ser compradas cada vez, con grandes beneficios
para las empresas. La compra de las semillas es parte de un paquete
mayor que incluye la tecnología, los pesticidas, la maquinaria y la
financiación bancaria, atando a los productores a los intereses
agroalimentarios de las empresas transnacionales.
En el fondo, lo que más interesa es garantizar ganancias para los
negocios, y lo que menos, alimentar personas. Si no se produce una
inversión de este orden de cosas, por ejemplo, una economía sometida a
la política, una política orientada por la ética y una ética inspirada
por una sensibilidad humanitaria mínima, no habrá solución para el
hambre y la desnutrición mundial. Continuaremos en la barbarie que
estigmatiza al actual proceso de globalización. Los gritos desgarradores
de millones de hambrientos suben continuamente al cielo sin que les
vengan respuestas eficaces de alguna parte que hagan callar este clamor.
Es la hora de la compasión humanitaria, traducida en políticas globales
de combate sistemático al hambre.