Los titulares de esta semana están ardiendo con reportajes sobre motines
por comida. Parecería que de un día para otro, la comida barata y la
sobreproducción, se transformaron en alza de precio hasta del 80% y en
la prohibición de exportar alimentos en algunos países para prevenir su
escasez.
Eric Holt.Giménez
EcoPortal
¡Ha llegado la nueva crisis de alimentos! Pero ésta ha estado
produciéndose durante décadas. Desde que el Banco Mundial, BM, y el
Fondo Monetario Internacional, FMI, invadieron el mercado del Sur—al
obligarlos a abrir sus puertas a los granos subvenciados de EEUU y
Europa—los campesinos de los países pobres constantemente son expulsados
de la tierra y la producción agrícola. Con la bandera de “ventajas
comparativas”, muchos países pobres que anteriormente fueron
autosuficientes en la producción de su comida se han convertido en
importadores de comida, debido a la política externa deliberada de EEUU.
Pero ahora que EEUU retiene su maíz y vende caro el alimento, estas
naciones han quedado como los perdedores del juego.
Echándole la culpa a las sequías en Australia, al aumento del consumo de
carne en China, a la explosión de los agrocombustibles y al alto precio
del petróleo, nuestros líderes (de EEUU) han sido muy rápidos en ofrecer
una avalancha de soluciones: Un “Nuevo Acuerdo” propone el BM, otra
“Revolución Verde” ofrecen las Fundaciones Bill & Melinda Gates y
Rockefeller, y rápidamente aparecen US$300 millones de George Bush en
ayuda de emergencia para la alimentación. Esto es solo el inicio de los
billones de dólares que serán gastados en este lucrativo negocio. Los
monopolios del negocio agrícola como ADM, Cargill, Monsanto y el
gigantesco “General Foods” sospechosamente se han mantenido callados
respecto a la crisis. Durante los últimos tres años mientras la crisis
se extendía, ellos alcanzaban ganancias récord de 60-80%.
Urgentemente se necesitan medidas de emergencia para que la comida sea
accesible a la gente pobre. Pero también son urgentes los cambios
profundos a un sistema globalizado de alimentación que requiere
transformaciones. De manera vulnerable a los choques ambientales y
económicos, producimos, transportamos y consumimos alimentos de manera
dependiente de vastas cantidades de petróleo, en un mercado concentrado
en tres o cuatro mercancías, y sujeto al poder de un grupúsculo de
compañías que dominan las semillas, los granos y productos químicos.
Desafortunadamente, la necesidad de un cambio de sistema—no simplemente
más de lo mismo—está fuera de las propuestas oficiales para afrontar la
crisis de alimentos. Posiblemente esto es comprensible porque
significaría que los gobiernos, las instituciones de financiamiento
internacional y las corporaciones de negocios agrícolas, reconocerían
que ellos son parte esencial del problema.
Con razón están los líderes mundiales preocupados con las
manifestaciones populares en contra del alza de precios de la comida.
Con excepción de Haití (donde la población está comiendo galletas hechas
con barro y aceite vegetal), estas manifestaciones en las calles parecen
más rebeliones con ira de ciudadanos despojados de sus derechos que,
enloquecidas masas muertas de hambre amotinándose. La gente no está sólo
molesta por el alza de precios, es la injusticia del sistema global de
alimentación lo que los lleva a rebelarse.
La Evaluadora Internacional de Ciencias Agrícolas y Tecnología (IAASTD
siglas en ingles) recientemente presentó su informe final en
Johannesburgo, Sudáfrica. Producto de una exhaustiva consulta de 3 años,
similar a la del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IAASTD
llama a una revisión de la agricultura dominada por compañías
multinacionales y un régimen de comercio injusto. El informe advierte
contra las imposiciones de la ingeniería genética en la producción de
alimentos, y enfatiza la importancia de la producción local y la
producción agroecológica. La ventaja esencial de esta forma de
producción agrícola—además del leve impacto ambiental—es que brinda
tanto comida como empleo a la población pobre del mundo, así como un
exedente para el mercado. Haciendo la comparación en kilos por hectárea
de tierra cultivada, se ha comprobado que las pequeñas fincas familiares
son más productivas que las enormes fincas industriales. Además,
utilizan menos petróleo, especialmente si la comida se comercia local o
sub-regionalmente. Estas alternativas, creciendo por todo el mundo, son
como pequeñas islas de sostenibilidad en un mar económico y ambiental
cada vez más peligroso. Mientras la agricultura industrializada y los
regímenes de libre comercio fracasan, estas formas de producción serán
la clave para reconstruir la resiliencia ante el disfuncional sistema
global de alimentación.
Esperar que solucionen el problema las instituciones que han creado la
crisis de alimentos es como pedir a un pirómano apagar el fuego. Que la
gente pobre regrese al campo y brindarles el apoyo que actualmente
dominan los monopolios agrícolas y de alimentos sería verdaderamente una
solución sistémica y duradera a la actual crisis global de alimentos.