El albergue de la capital cuenta con plazas para acoger a inmigrantes temporeros hasta que encuentren un trabajo. Pero, hay personas que duermen al raso. La nave de la antigua Caseta Municipal tiene, en el lateral más cercano al centro de acogida, un “campamento” improvisado con varios lechos.
Enrique Alonso
Diario Jaén
Por la mañana, sólo se ven las cenizas humeantes de una hoguera, algunos colchones sin sábanas ni mantas, una columna de cintas de vídeo de sistema VHS y algún trabajador sin empleo que aún no se ha levantado. Es el “campamento” habitado en el que se ha convertido uno de los laterales de la nave de la Caseta Municipal. Allí varios temporeros pasan las horas al calor de una candela y haciendo caso omiso a una cruz gamada que hay pintada en una de las columnas de la ruinosa edificación, que ni siquiera reunía las condiciones para abrir durante la feria.
Sin embargo, a ellos no se les caerá el techo porque no tienen. Duermen al raso, pese a que se espera una nueva ola de frío. Lo paradójico es que el dispositivo especial de atención al temporero tiene plazas para ellos en la capital. Pero, no las usan. Fuentes oficiales consultadas afirman que el centro de acogida está lejos de llegar al límite de su capacidad y que tampoco se respeta el límite de cinco días, que establece el protocolo, para abandonar las instalaciones. Si hay camas, no se les echa. Precisamente, hay algunos residentes que tienen ficha desde el 31 de octubre y siguen allí. El centro de acogida es poco severo con la hora de salida. Abre a las siete y media, pero, si hay alguien que necesita marcharse antes, se hacen excepciones.
Los motivos que dan los temporeros tampoco aclaran mucho el motivo de este campamento improvisado. Algunos dicen que hay rechazo hacia la disciplina del centro porque cuando entran, pasadas las siete, ya no pueden volver a salir y otros dicen que se sienten en una situación marginal hacinados en catres. Las mismas fuentes oficiales indican que hay que introducir, también, “roces” entre tradiciones culturales, avisos ante malos comportamientos, la prohibición de acceder al recinto si hay síntomas de consumo de alcohol y el temor de algunos a ser controlados porque no tienen papeles de residencia. No hay una causa concreta que justifique el “campamento”, sino historias personales vinculadas a los motivos anteriores. Por ello, cada noche, duermen al ras de suelo.
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