Con las camas del dispositivo de la aceituna cerradas hasta dentro de varios días, las cercanías del albergue parecen un campo de refugiados El Ayuntamiento dice que «responde a las necesidades de las personas»
Juan Esteban
Ideal
Decenas de inmigrantes subsaharianos y magrebíes han hecho ya de las inmediaciones de La Vestida una especie de campamento de refugiados.Todos esperan el inicio de la aceituna. En la calle. Con temperaturas que -según confirmaba ayer el Instituto Nacional de Meteorología- llegan a los 4 grados centígrados de madrugada. Su único refugio son contenedores de obras convertidos en improvisados dormitorios a base de cartones. «Mucho frío. Mucho frío», se lamentaban ayer. Prácticamente en frente está el albergue de temporeros. Un clamor que corre de boca en boca: «Dentro hay camas -está abierto el albergue para transeúntes- que no se ocupan y nosotros temenos que pasar la noche en la calle».
Las autoridades advirtieron hace ya semanas que no se abrirán los albergues de la red de acogida a temporeros hasta dos semanas antes del inicio oficial de la campaña de la aceituna, fijada para el 1 de diciembre. Se intenta así frenar un posible efecto llamada que provoque una avalancha. Aún faltan unos días. Pero justo ahora ha llegado el invierno y las madrugadas frías. Decenas de subsaharianos protestaban ayer: «Algunos han pasado dentro tres noches. Pero ya los han echado. Tienen que estar en la calle, aunque hay sitio dentro».
Las miradas se giran hacia Dala. Un joven alto y espigado. Tiene un volante médico del sistema sanitario aragonés, donde fue atendido en una consulta. «Tiene reumatismo. Hemos ido y se lo hemos dicho a los del albergue, pero no le han dejado pasar otra noche dentro», aseguran.
Solidaridad
El grueso del grupo son senegaleses. «Hay gente que ha venido de Barcelona, de Almería, de Lérida. De todas partes. Sólo queremos trabajar. Algunos traemos papeles y otros no. Pero todos queremos trabajar», asegura Lain, que actúa como portavoz. La mayoría conocen ya la aceituna y la provincia de Jaén. Y a algunas personas. Hay cosas que no se olvidan. «El año pasado una mujer nos dio muchas mantas y ropa. Éste año ya ha venido a ayudarnos y nos ha traído algunas cosas».
No es sólo el frío. La mayoría dispone para sobrevivir hasta que encuentre trabajo de los recursos que le caben en los bolsillos. Entre todos apenas si juntan unos céntimos. «No tenemos agua buena para beber. Algunos entran a comer en el albergue. Otros compran pan y comen en la calle. Yo llevo ya diez días sin poder lavarme».
Se va acercando la noche y la temperatura baja. En un rincón encienden una hoguera para calentarse. Apenas se habla en torno al fuego. Las palmas extendidas hacia las llamas para aprovechar el calor. Y de vez en cuando, un cambio de postura para calentarse la espalda.
Junto a varias decenas de senegaleses, a la intemperie pasan también la noche magrebíes. Van llegando poco a poco arrastrando cartones con lo que intentan forrar un contenedor de obras. Va cayendo la tarde. Sobre un cartón que luego será su colchón se descalzan, hacen sus abluciones y se arrodillan. Es la hora de rezar. Que Dios también sepa que le necesitan los que van a pasar la noche al raso.
«Normalidad»
El Ayuntamiento califica la situación de estas decenas de personas con el término «normalidad», según la concejala de Políticas Sociales e Inmigración, Carmen Guerrero. Según la edil, «se están atendiendo las necesidades de las personas», pese a la evidencia de que en las últimas noches decenas de inmigrantes han dormido al raso. No sólo frente al albergue. Por todo Jaén. Los más afortunados han encontrado un cajero automático de un banco. Pero otros, como asegura Ashim desde el Parque de La Victoria, se apañan «en cualquier rincón o en un banco».
«Estamos pendientes de que el Foro Provincial de Inmigración diga la fecha de apertura de los albergues. Es cierto que ya están llegando. Es la fecha», concedía la concejala Carmen Guerrero.
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