domingo, 16 de septiembre de 2007
Christopher Holmbäck y Rebeca Ibáñez Nueva Orleans (EE UU)

Dos años después del Katrina, la mitad de la población no ha regresado a la ciudad todavía. Son muchos los que continúan desplazados a lo largo de EE UU.

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MADERA Y BARRO. El huracán se cebó con las construcciones de los barrios populares / Salta


Sus casas no han sido reconstruidas, los edificios de vivienda pública no han vuelto a abrirse. Activistas locales y vecinos coinciden en que los políticos, las agencias y corporaciones están trabajando duro para que les resulte lo más difícil posible a los pobres y negros regresar a Nueva Orleans. “Quieren convertir esto en Disneyland”, es un comentario repetido.

Activistas y periodistas locales destacan dos cuestiones: Katrina fue un desastre creado por la incompetencia de los políticos, y a pesar de que el huracán hizo que empeorasen los problemas de la ciudad, más que nada reveló las injusticias estructurales que siempre habían estado ahí. Desde luego, Katrina fue un desastre natural -aunque algunos argumentan sobre el calentamiento global-, pero la destrucción y el coste de vidas pudo haberse evitado. Todo el mundo sabía que la ciudad no estaba preparada para soportar un huracán de esas características, pero a pesar de esto no hubo ningún intento serio ni para mejorar la infraestructura ni para crear planes de evacuación. Los que se llevaron la peor parte fueron pobres y negros. Sin acceso a vehículos particulares, o liquidez económica, dependían totalmente de los planes de evacuación públicos. En este aspecto, el racismo inherente de la ciudad fue mostrado al mundo. Pero el desastre causado por la negligencia de las autoridades continúa. La ciudad no está preparada para el próximo huracán. Las áreas más ricas y blancas ya tienen servicios públicos funcionando y casas reconstruidas, mientras que otras zonas más pobres están viendo más policía y militares que labores de reconstrucción.

El Lower 9th Ward, un barrio con una larga historia de generaciones de familias negras de clase trabajadora, fue completamente arrasado y lavado por el huracán. Hoy permanece prácticamente desierto. Casi todos los restos materiales de la devastación han sido limpiados, la electricidad ha vuelto. Pero todavía no tienen lo que creaba y mantenía la comunidad y las redes sociales: iglesias, colegios -el primero se reabrirá este otoño-, autobuses públicos y, sobre todo, gente.

Organizarse

Una de las organizaciones que trabaja en labores de reconstrucción en este barrio es Common Ground. Apenas unos días después de la tormenta se organizaron y empezaron a dar las respuestas a las necesidades básicas de la gente, asistencia que ni el Gobierno ni el Ayuntamiento fueron capaces de proporcionar. Hoy en día, Common Ground da servicio en toda la ciudad, además, ofreciendo asistencia médica gratuita en la clínica en el barrio de Algiers. Se sustenta con el trabajo de voluntarios, la mayoría jóvenes y blancos que vienen de todas partes de EE UU a echar una mano. Preguntamos a uno de ellos, ingeniero, por qué estaba aquí. “Las raíces de muchos de los problemas de este país están aquí”, dice. “Si consiguen salirse con la suya y hacer lo que les dé la gana, no tardarán mucho en joder al resto del país”,añade.

Algunas casas ya están reconstruidas, a poca distancia de los diques que se rompieron hace dos años. Muchas de ellas están todavía a medio construir y esperando que los propietarios regresen a ocuparlas. Aquí viven y trabajan los voluntarios y algunos vecinos. Ahora, una de sus tareas principales consiste en cortar el césped de las parcelas. Un voluntario nos cuenta que esto se debe a una nueva ley que autoriza a la ciudad expropiar la parcela si esta parece que está abandonada. Pero los voluntarios, muchos menos que el año pasado, apenas consiguen sacar trabajo adelante, y el Ayuntamiento está empezando a expropiar.

Los medio derruidos pilares rodeados de parcelas con el césped perfectamente cortado dan una sensación extraña y fantasmal al ya de por sí desolado paisaje del barrio. Las calles siguen allí, las escaleras de lo que fueron los porches de las casas, las escuelas abandonadas, iglesias vacías llenas de moho, un cartel anunciando la próxima misa en agosto de 2005. De vez en cuando, una patrulla de la policía militar aparece, con sus coches pintados de camuflaje. Varios de los voluntarios denuncian que han sido violentados, insultados y agredidos por la policía militar, que los llama niggerlovers (“amiguitos de los negros”). Podría ser descrito como una zona de guerra si no fuera por los turistas que de vez en cuando aparecen escondidos dentro de taxis, o en minibuses, aferrándose a sus videocámaras. La mayoría no se baja de los automóviles. Cómo se siente Commun Ground respecto a este fenómeno se demuestra en un cartel situado estratégicamente: “Turistas: avergonzaos, conducid por aquí sin parar, pagando para contemplar mi dolor. Más de 1.600 murieron aquí”. En 15 minutos en bici estás en otro mundo, en el famoso French Quarter. Casas de estilo victoriano, en perfecto estado de conservación sin rastro de haber sufrido un huracán, con una economía organizada alrededor del turismo: tiendas de souvenirs, carrozas de caballos, y cócteles bautizados ‘Huracán’.

Demoliciones

A lo largo de esta ciudad tan segregada y de contrastes se esparcen enormes complejos de viviendas. La mayoría son pequeñas y construidas en madera principalmente -desde luego no es el material más apropiado para soportar huracanes-, pero estos complejos son edificios sólidos de ladrillo, normalmente de tres pisos y en buen estado. Todas están cerradas a cal y canto: placas de acero cubren puertas y ventanas, no sólo demostrando que nadie vive allí, sino también que nadie tiene permitida la entrada para vivir allí. Se trata de viviendas públicas -apartamentos para los pobres-. La mayoría tienen previsto su derribo. el ayuntamiento argumenta que estos edificios no son seguros. Activistas y grupos de base no se creen una palabra. Todo forma parte de la estrategia para mantener a los pobres lejos de la ciudad, dicen.

El 4 de julio, Día de la Independencia, docenas de personas sin techo se empezaron a manifestar a las puertas del Ayuntamiento de Nueva Orleans. Se niegan a dejar de manifestarse hasta que no se paren los planes de demolición, exigiendo la reapertura y realojo inmediato de los antiguos inquilinos. Según nos cuenta Malcolm Suber de People’s Hurricane Relief Fund, la ciudad suma ahora 12.000 ‘sin techo’ cuando antes del Katrina la cifra era de 6.000. A finales del mes de julio, los ‘sin techo’ y activistas formaron una asociación. La resistencia continúa muy viva en la ciudad, y el descrédito y el escepticismo sobre las autoridades es más fuerte que nunca. El sentimiento de que “tenemos que hacer las cosas con nuestras propias manos” prevalece. En una reunión de distintos grupos de activistas locales, una mujer apunta que a la gente se le había olvidado trabajar y cooperar juntos. “No agradezco a Katrina que se llevara mi casa”, dice, “pero sí le agradezco este resurgir entre nosotros, este nuevo énfasis en la posibilidad de trabajar juntos”.

Tags: Publicado en Diagonal

Publicado por SANTISTEBAN-RQR @ 19:27  | Global
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