Stefania Parmeggiani, periodista
La camorra, organización mafiosa que extiende su poder en Nápoles (Italia) a través del tráfico de drogas y es responsable de casi 4.000 muertos en 30 años, actúa desde los ‘80 en el Estado español, donde invierte el dinero sucio en el negocio del turismo.
Nápoles es una ciudad en guerra, donde la legalidad y el Estado desaparecen tragados por una matanza sin freno. Es la capital de la camorra, organización criminal compuesta por 2.000 familias en lucha permanente por un poder que factura 12 millones y medio de euros al año, de los que siete provienen del tráfico de drogas; mucho más dinero del que se necesitaría para financiar la deuda de los ferrocarriles públicos, al borde de la quiebra. Pero este poder tiene un alto precio, los asesinatos: más de 50 en 2006, casi 4.000 en 30 años. Alarmado por el incremento de los homicidios, el Gobierno de Prodi llegó a discutir el envío del Ejército.
Mientras los políticos hablan de estrategias militares para intervenir y acciones sociales para los sectores más marginados, los médicos no osan meter a los heridos en las ambulancias hasta que no llega la policía porque salvar la vida de quien ha sido “condenado a muerte” por la camorra “está prohibido”. Mientras, los adolescentes son atiborrados de anfetaminas y enviados a controlar el tráfico de drogas. Y en las casas del extrarradio de Nápoles cada mes se espera la llegada de la mesata, el ‘sueldo’ que la camorra da a los familiares de los ‘afiliados’ que están en la cárcel o han sido asesinados.
¿Esto es Italia? Lamentablemente sí, el último rincón de Italia, desgarrada por las luchas del crimen organizado. Es también Europa, el ombligo de Europa, el corazón de una economía ilegal que produce millones de euros con fábricas clandestinas de zapatos y ropa, con empresas constructoras que edifican en todas partes, con miles de trabajadores del tráfico de drogas y camiones de residuos tóxicos ilegales que, llegados de toda Italia, envenenan tierra y agua. Los clanes mafiosos amasan enormes capitales económicos que invierten en el norte de Italia, Alemania, Holanda, Francia y España.
En España trabajan desde siempre los clanes de la camorra, pero parece que políticos y empresarios no advierten que el país está creciendo gracias al dinero sucio de la camorra aunque no se vean las balas, como ha explicado Roberto Saviano en una reciente entrevista a El País y como ha escrito en Gomorra, un libro que penetra en el imperio económico y en los sueños de dominio de la camorra. El libro no ha gustado a los clanes, lo que ha obligado al escritor a vivir con escolta en un lugar secreto.
La camorra alarga sus tentáculos en España desde los ‘80. En Andalucía actúan los clanes de la provincia de Caserta: cuando fue asesinado Peppino Diana, un cura que había denunciado a la camorra, el jefe Nuncio De Falco, que vivía en Granada, fijó un encuentro con policías italianos en un restaurante del campo andaluz. De Falco echó la culpa a los Schiavone, una familia rival, versión desmentida después por otro ‘arrepentido’, Guiseppe Quadrano, que vivía en un pueblo cercano a Valencia con el objetivo de crear el enésimo clan empresarial- criminal en España. Al final, ambos fueron arrestados y se descubrió que De Falco había levantado un potente cártel criminal junto a hombres de la N’drangheta (mafia calabresa) y la Cosa Nostra (mafia siciliana): había construido un imperio en la Costa del Sol, contribuyendo a transformar la zona en una perla del turismo de masas. En Canarias, se extiende el poder económico del clan de los Nuvoletta, única familia no siciliana presente en la cúpula de la Cosa Nostra.
En Italia, los Nuvoletta son famosos por haber renovado los mecanismos de inversión del narcotráfico, creando un sistema de ‘accionariado popular’ de la cocaína por el que empleados, pensionistas y madres de familia pueden participar en la compra de partidas de droga. Los beneficios del narcotráfico se han reinvertido en apartamentos, hoteles y tiendas tanto en Italia como en España. Tenerife es el lugar en que Pietro Nocera, mánager que coordinaba el capital de los Nuvoletta, había ido a explicar a Armando Orlando, en la cúpula del clan, los gastos de la construcción de un imponente complejo creado para alimentar el negocio del turismo en España.
Y Barcelona es la ciudad predilecta de los ‘traidores’ de la alianza de Secondigliano, barrio devastado por dos años de enfrentamiento entre el clan Di Lauro y los secesionistas, que en Nápoles son llamados “Los Españoles”. Su líder, Raféele Amatto, escapó a Barcelona sin haber pagado su cuota al clan. Amatto era el responsable de los puntos españoles donde la camorra empezó a controlar también el tráfico de drogas, como Madrid, un centro fundamental para la cocaína llegada de Colombia y Perú. Cuando Amatto y los suyos se rebelaron contra Di Lauro, comenzó una de las más largas y sanguinarias guerras recordadas en el sur de Italia. No paró ni siquiera el 27 de febrero de 2005, cuando Amatto fue detenido en Barcelona. Aunque la tregua fue firmada seis meses después entre Los Españoles y Di Lauro, este año ha vuelto a encenderse la chispa en Nápoles, con nuevos enfrentamientos y asesinatos.
En el informe semestral enviado al Parlamento italiano por los servicios secretos, se habla de “nuevos enfrentamientos sanguinarios en el corazón de la ciudad”. Hay un aspecto en estos meses que se confirma de forma cada día más trágica: “En Nápoles, la vida no vale nada”, ha dicho el policía de la sección anticamorra. Y el dinero sucio termina lejos, incluso en España, donde, limpio de sangre y balas, alimenta el negocio del turismo.
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